miércoles, 17 de octubre de 2012

Todo me enseña


Fue después de llegar a Boston que me metí en la cámara encoica de la Universidad de Harvard. Todos los que me conocen han escuchado esta historia. No paro de contarla. Como sea, en ese cuarto silente escuché dos sonidos, uno agudo y otro grave. Después le pregunté al ingeniero a cargo por qué, si el cuarto era tan silencioso, había dos sonidos. Me pidió que se los describiera. Lo hice y me contestó: "El agudo era tu sistema nervioso en funcionamiento. El grave era tu sangre en circulación".

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Un día, dos monjes iban caminando hasta que llegaron a un arroyo junto al que una joven esperaba a alguien que la ayudara a cruzar. Sin dudarlo, uno de los monjes la levantó en vilo y la cruzó, depositándola a salvo en la otra orilla. Los dos monjes siguieron caminando y después de un rato, el segundo monje, incapaz de refrenarse, le dice al primero: "Como sabrás, no se nos permite tocar a las mujeres. ¿Por qué cargaste a esa mujer a través del arroyo?". El primer monje respondió: "Ya puedes soltarla. Eso fue hace dos horas".

Fuente:
John Cage

Siempre-


Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso –reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se pude mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Fuente:
Eduardo Galeano - El Mundo